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Yo, soy Indiano

Mi nombre es Jesús Millares y soy Indiano.

Se conoce como indiano al emigrante o descendiente de emigrantes españoles, principalmente de la costa cantábrica y de Cataluña, que, habiendo emigrado a América motivado por el afán de hacer fortuna, volvió a su tierra natal.

A lo largo del siglo XIX y de la primera mitad del XX numerosos habitantes que, como yo, en su mayoría jóvenes, de Galicia, Canarias, Asturias, Cantabria, el País Vasco y Cataluña se vieron obligados a emigrar en busca de una mejor fortuna a las antiguas colonias españolas de América, sobre todo a Brasil, Cuba, Argentina, Uruguay, Venezuela o México, a cuyos puertos arribaron con la intención de mejorar su situación económica, algo que les era imposible conseguir en sus lugares de origen.

En muchos casos estos emigrantes eran reclamados por sus familiares para que les ayudasen en sus negocios, que más tarde heredarían y llegarían a dirigir con notable éxito. Otros se quedarían en el camino y no encontraron más que el fracaso y desaliento en una suerte que les fue esquiva también al otro lado del Atlántico.

Muchos de los que logramos amasar una fortuna a base de no poco sacrifico y trabajo, retornamos, llegando a ser muchos de nosotros benefactores de los lugares que nos vieron nacer. De la añoranza por la tierra americana quedan las palmeras que plantamos frecuentemente a las entradas de nuestras casonas o palacetes de estilo colonial y que se convirtieron en el símbolo de los indianos que retornaron enriquecidos a su tierra nativa.

La labor de mecenazgo que llevamos a cabo estas personas fue notable en la España de aquella época, levantando escuelas, iglesias y casas consistoriales, construyendo y arreglando carreteras, hospitales, asilos, traídas de agua y de luz eléctrica, etc.

Yo, soy indiano.

   

Por qué marché a Cuba y no a otro lugar

Ustedes deben darse cuenta que entonces, era 1865, Cuba no era otro país sino una provincia más de España. No nos era más extraño entonces ir a las provincias de ultramar que a las del continente. Barcelona, por ejemplo, que era la mayor ciudad de España en ese tiempo, estaba a tres semanas de viaje desde la aldea. Se precisaba tomar y sufrir, sobretodo sufrir, muchas diligencias en infinitos trayectos agotadores. Entonces los caminos eran todos de tierra, y las diligencias iban tiradas por bueyes, mulas o caballos en función del precio. Además del asiento, había que costearse la posada, la comida y el refresco. Lo corriente era hacer el recorrido en tres o cuatro tramos, sino más, arreglándoselas para hacer algún que otro trabajo en el intermedio.

Madrid era una opción corriente, y mucho más cercana –una semana de trayecto - pero no era una ciudad para hacer fortuna. Más bien para hacerse soldado u optar para cualquier función pública siempre mal pagada. Los que no teníamos vocación de servidumbre optábamos por tomar el camino a las Antillas o cualquier otro lugar de América.

Cuba era un destino fácil. Bastaba con tener algo de suerte y algún amigo, y fíjense que digo “y “no “o”, para conseguir enrolarse en algún buque con destino a La Habana. Aunque fuera de grumete, cargador, marinero o cocinero, el viaje debía costearse. Pero al menos la comida y la cama estaban aseguradas a bordo.

Los vapores llegaron a mediados del siglo XIX, y facilitaron el trayecto. En velero, si había viento favorable, podía hacerse el viaje en 12 días, pero si el viento no era amigo podía doblarse el tiempo de recorrido. En vapor eran unos rigurosos 11 días de buena o mala mar para llegar a destino. Menos de la mitad que un viaje a Barcelona.

Cuba era para nosotros, los mozos, un destino que nos llenaba de fantasías. Sabíamos por relatos ajenos que estaba llena de sorpresas y exotismo. Nos habían hablado de sus mujeres, de su clima y sobretodo de la facilidad para hacer fortuna.

Luego, al llegar a Cuba, uno dejaba de creer y empezaba a saber. La cosa no era tan fácil. Pero esa será otra nota, para otro día.
 

 

 
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